Mi primera vez

Por Macarena Año
Llevaba tiempo esperando que llegara ese fin de semana. Por fin, a mis veintisiete tacazos me había decidido a vivir la experiencia fibera. No había excusa, el gran evento musical internacional lo tenía a aproximadamente una hora en coche de mi casa. Además tenía que cumplir lo que había jurado por partida doble tiempo atrás; una vez este año durante un concierto de Muse en Madrid, y otra hace ya más de dos años en una tarde londinense a mi amiga Rebeca, la cordobesa, una de las personas que más sabe de música del mundo, donde le prometí al más puro estilo Escarlata O´Hara que iríamos algún año juntas al FIB.


La pandilla final la conformábamos Rebe, su amiga Mariapaz, Jorge y yo. Jorge era un amigo prestado de Maria (la tercera en discordia de aquella época londinense) y entró en nuestras vidas de forma fácil, y grácil, con esa “leggerezza cosmica” con la que entran las personas que tienen mucho que ver contigo. Se coló en nuestras vidas en el susodicho concierto y desde entonces tramamos el plan.
Así que al fin llegó el sofocante viernes 20 de Julio a las tres de la tarde. Salí de la oficina y en mi casa deje abandonados los zapatos, y el encorsetamiento de toda la semana donde mi habitat natural son paredes blancas y muebles de oficina.
Mi equipaje, como siempre, excesivo. Y como siempre, no tendría tiempo de ponerme ni una cuarta parte de todo lo que llevaba en la maleta, además de eso, un saco de dormir y una esterilla.
Partí hacia el aeropuerto con un pájaro agitando las alas en mi estómago y con la música a un volumen considerable que me iba poniendo a tono para la hecatombe musical en la que me iba sumergir en los próximos dos días.
Recogí a Jorge en el aeropuerto de Manises. En las dos horas y media que llevaba allí esperándome procedente de Madrid, le había dado tiempo a pasar por varios estados de ánimo, y ahora, se mostraba poco eufórico de verme. Pero enseguida empezamos a hablar de nuestras “veinte mil leguas de viaje subnormal”, nombre con el que habíamos bautizado a nuestra escapada y que hacía referencia a un libro que nos encantaba y volvimos a reírnos comentando una vez más que seríamos los “abuelos cebolleta” del FIB.
En los días previos también habíamos quedado en grabar un CD cada uno con canciones de los grupos del cartel pero al final, para no saturarnos, optamos por poner un CD de La Mala Rodriguez. Un acierto. La Mala se grabó en mi cabeza, en la B.S.O de los momentos que se quedan en la memoria con música de fondo incluida.
Llegamos en un momento. El instante de ver el escenario verde desde la carretera se asemejaba al momento en el que vislumbras por primera vez erguirse la torre Eiffel delante de los ojos o el puente de Brooklyn. De esas imágenes que vives como a través de una cámara de vídeo grabadora súper ocho.
Al penetrar en las tripas de Benicássim pueblo, fueron apareciendo por los rincones y los caminos de tierra, filas de jóvenes de todos los colores, muchos de aspecto eminentemente guiri.
Después de varios intentos por reunirnos con nuestras amigas y descubrir que en Benicássim deben de haber unos tres mil supermercados y que por tanto no son buenos lugares de referencia para quedar, por fin nos encontramos, nos abrazamos y optamos por hacer una compra de supervivencia básica, que incluía bebida a discreción y barritas energéticas. El coche se llenó de gente, de bolsas de plástico y de griterío con acento andaluz.
Llegamos al parking del recinto. Nos sorprendía mucho nuestra buena suerte. Lo celebramos con cuba litros en aquel polvoriento parking de arena anaranjada al estilo quinceañero. Estábamos pletóricos. Incontinencia verbal, risas y alguna que otra mención a las típicas anécdotas que recordamos siempre que me reúno con Rebe.
Cae la tarde y seguimos en el parking, algo más embriagados. Como un afluente decidimos unirnos al río humano que se perfila a lo lejos camino a la entrada principal.
Nos hermanan con la pulserita naranja fluorescente, tipo resort “todo incluido” pero que, definitivamente, no llevan nada incluido más allá de la entrada, de hecho, descubrimos con hondo pesar, que las copas se cotizan a lo mismo que en los bares más pijos de Valencia.

Y por fin nos sumergimos en el FIB más multitudinario de todos los años según las estadísticas. Allí se respira juventud. Es como un Neverland moderno donde la muerte no existe. Pienso que debo de andar dentro la banda de los más longevos del lugar, quizás no sea para tanto, hay también gente mayor, incluso más de un padre con hijos pequeños revoloteando. Quizás exagero, pero esto es un error de percepción común que surge por la predisposición a ver ciertas cosas y yo aún no acaba de quitarme el complejo de “pureta”.
En cualquier caso me siento genial fluyendo en esa jungla. Es destacable el destello multicolor de atuendos, peinados e incluso disfraces, favorecidos por el calor estival, la pulsión juvenil e incluso el deseo destacar en un magma humano de unas cincuenta mil personas.
Alguien comenta que va a empezar a cantar Kiko Veneno en el escenario Vodafone FIB Club. Me sorprende comprobar, de ahí en adelante que, aparte del escenario verde, en el resto de escenarios, a una distancia considerable puedes moverte cómodamente viendo los artistas, bailar más o menos conservando tu trocito de espacio vital e incluso ir a la barra y volver en más o menos poco tiempo.
Tras bailar Volando voy, nos desplazamos a ver Wilco en el escenario verde, prescripción de Jorge.
Unos bailes y cervezas más tarde, y tras conocer a un grupo de chicas de diecinueve años que revolotean como luciérnagas y a las que prometemos ver al día siguiente, estamos Jorge y yo viendo a Devo y sus movimientos robóticos y más tarde a Fangoria. A ratos bailando, a ratos sentados en el escueto césped reseco infestado de personas durmiendo, descansando o intimando.
Maripaz y Rebe han causado baja. Ocho horas de viaje en tren borreguero unidas a una ingesta apresurada de copas y, puede, que excesiva euforia han llevado a Rebe a decidir retirarse a sus aposentos en el camping.
Me gusta mucho el espectáculo que crea Fangoria en su Extraño Viaj, con “soldados” en blanco moviéndose por el escenario, y como ella agita su melena roja que parece una llama de fuego ardiendo en mitad de la noche. Como sorpresa final, no se bien si muy acertada, acaba interpretando uno de los temas que hicieron famoso a Chimo Bayo, ¿será porque les habrán contado que en el levante somos los reyes del bacalao?
Amanece en el FIB cuando decidimos retirarnos a la búsqueda del camping que aún no nos ha dado tiempo de pisar. Nos topamos con muchas personas que duermen por los rincones del recinto y que más de una vez son pisoteadas, a veces sin ni siquiera inmutarse.
Debido a una serie de continuas desdichas que no cabe mencionar, acabamos durmiendo en el coche, es decir, descansando algo menos de una hora pues el calor nos empuja a salir de ese microespacio rápidamente.
Menos mal que está nublado. Nos sorprenden goterones de lluvia que lejos de hacernos huir de la terraza en la que hemos parado a desayunar y buscar refugio, nos llevan a levantar la cara para refrescarnos y recibir el agua como una autentica bendición. Eso, junto al café con hielo y tostadas nos van devolviendo poco a poco a la vida.
Biquini, gafas, pareo.. Cambiándonos torpemente en el coche y a la playita después de las típicas dificultades para encontrarnos con nuestras amigas.
Bañito en las aguas semicristalinas, ratos dormidos interrumpidos y paella en chiringo local. Los fiberos han cambiado el atuendo nocturno por gafas de sol y bañador, pero me sorprende que no haya excesivo agobio de gente, y que en realidad como la mitad de los asistentes son ingleses, en general, se monta poco escándalo.
Por fin llegamos al camping. Aquello es lo más parecido a un campo de concentración nazi. Las duchas son un continuo de chorros donde brota agua fría al aire libre y donde al mismo tiempo que te duchas tienes que lavarte los dientes debido a la inexistencia de cualquier otra comodidad para asearse. Se ríen cuando pregunto por un espejo. La gente se pasea de la tienda a la ducha de forma ordenada y sin agobios, algunos en bañador, la mayoría desnudos.
A las cinco de la tarde empiezo a ponerme nerviosa. Quiero llegar a las 18:20 para ver a Dorian seguidos de Astrud; grupitos pequeños pero que son autores de canciones que han acompañado momentos muy importantes de mi pasado reciente.
Segunda gran idea-estupida en menos de veinticuatro horas; coger el coche para ir de nuevo al recinto del FIB. La consecuencia es que me quedo sin ver a ninguno de los dos grupos y me tiro más de dos horas dentro del coche. Ganas de llorar. Me consuelan un poco las risas y los vasos de plástico de nuevo en el parking. También la camiseta rosa de Dorian con la que me obsequia Jorge para que no esté triste. Yo a cambio, una toalla azul cielo fiber. Seguro que si los dos hubiéramos podido elegir, no hubiéramos escogido de motu proprio esos objetos, pero lo importante es la carga simbólica con la que se han quedado.
Ese día lo aprovechamos al máximo. Nos movemos continuamente por los escenarios como a cámara rápida viendo primero a Albert Hammond Jr., gran descubrimiento, las chicas descaradas de Cansei de Ser Sexy, The Magic Numbers, a continuación, B-52 que no parecen acabar de cuajar y los !!! , que desatan la locura colectiva entre los allí presentes y derrochan energía.
Corro y espero más de veinte minutos a que de comienzo la actuación de Najwajean, que me empecino en ver de pe a pa. La cercanía al escenario me hace percatarme del estado acusado de enajenación de Najwa que no le resta sin embargo elegancia y no decepciona, gracias a su voz tan característica y a sus movimientos eróticos y provocativos.
En mi cabeza contesté mentalmente a una pregunta formulada por Jorge en una de las diversas horas de coche que acumulábamos.
– ¿Qué personaje de cine te gustaría ser? Y yo contesté mentalmente en ese instante: Cualquiera interpretado por Najwa.
Cuando los Artic Monckeys iban a dar comienzo, un tsunami humano amenazaba con aplastarnos a su paso de camino al escenario verde. Jorge llevaba un rato muerto en el césped tumbado en la azul toalla. De vez en cuando lo habíamos visitado y fotografiado muertas de risa (cuanta crueldad..) Rebeca me increpa: Va, corre, corre,.. que se va a llenar!. Pero de soslayo vislumbro una zona chill out con sillones de cuero blanco relucientes donde aparco mi chasis y me quedo dormida durante unos minutos reparadores.
Conseguimos reagruparnos al cabo de un rato y bailamos y vibramos con la actuación estelar de los Artic Monckeys. Hay en el ambiente un buen rollo generalizado difícil de explicar. Todo se resume en deseo de moverse, de reír, en goce contagioso, vibraciones eléctricas; Son de esos instantes de la vida donde de un plumazo se escapa el vacío, donde todo a nuestro alrededor es una fiesta de magnitudes cósmicas. Una orgía musical, que de golpe, sin saber donde reside su poder exactamente, resuelve todas las dudas, ahuyenta el dolor, aclara mil y una intuiciones y cura el alma. Ese poder que tiene la música de convertirse en un fin en sí mismo. Suena esa canción que me ha hecho vibrar mil veces y ahora vibra delante de mis ojos y mis oídos, uniéndome a miles de personas más. Beso en la boca al cielo y a la vida y a esa sensación de juventud eterna.
Tras tres horas mal dormidas en la tienda del camping, pasamos un día más de playa, calamares y ensalada. Miles de personas tiradas por los rincones de Benicassim huyendo del implacable sol en el día más caluroso de todo el certamen.
Decido, con el corazón encogido volver a Valencia después de comer. Me duele dejar a mis amigos ya y perderme una de las actuaciones que me había llevado hasta allí cuando compré mi entrada en Abril, Muse; pero entonces no sabía que la hora programada sería la 1:30 de la madrugada del domingo previo a un día laboral. Y mi dolor físico es mayor que el dolor de mi corazón.
Vuelvo a Valencia con el coche cubierto de una espesa capa de tierra que parece cacao en polvo.
A pesar de todo el cansancio acumulado esa noche acaba de una forma absolutamente inesperada y feliz. Y la noche bochornosa de finales de Julio se derrama sobre mí, y los ángeles del cielo me arropan, me mecen, y me dan las buenas noches. Intercambio de sms con mis compañeros de aventura fiber que me dan cierta envidia mientras caigo dulcemente en los brazos de Morfeo. Y una vez más me prometo que organizaré algo pronto para irme con ellos a cualquier otra parte.. A cualquier otra parte…

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